Las elecciones de 2027 en la era de la IA

En la opinión de: Mtro. Alejandro Lara Villegas.- Ceo de Intelector

¿Será que el PRI y los partidos aliados puedan dar la sorpresa, como ocurrió en Coahuila?

La política mexicana atraviesa una etapa inédita. Nunca antes las campañas habían convivido con la inteligencia artificial, el análisis masivo de datos, la segmentación digital y un electorado más informado —y también más expuesto a la desinformación—. En este nuevo escenario, las elecciones para renovar 16 gubernaturas en 2027 podrían marcar un punto de inflexión para el sistema político nacional.

Las primeras proyecciones publicadas por diversas casas encuestadoras dibujan un panorama mucho más competido del que existía hace apenas unos años. Morena continúa siendo la fuerza con mayor presencia territorial, pero la oposición comienza a encontrar espacios donde una candidatura bien construida, una alianza inteligente y un voto útil podrían modificar el mapa político del país.

La gran pregunta es inevitable: ¿podría repetirse un fenómeno como el de Coahuila?

En 2023, muchos daban por descontado que la llamada Cuarta Transformación lograría conquistar esa entidad. Sin embargo, una candidatura competitiva, una estructura territorial consolidada y la unidad de los partidos opositores terminaron imponiéndose. Aquella elección dejó una enseñanza que hoy vuelve a cobrar vigencia: las elecciones no se ganan únicamente con la marca de un partido.

Las imágenes de proyección que circulan actualmente muestran diferencias interesantes entre sí. Una de ellas, basada en alianzas potenciales, coloca a la coalición PAN-MC al frente en Chihuahua con 42.9 %, Nuevo León con 42.7 %, Aguascalientes con 51.8 %, San Luis Potosí con 49.8 %, Querétaro con 55.1 % y Campeche con 42.6 %. Incluso Zacatecas aparece como un estado altamente competitivo para una eventual alianza PAN-PRI-PRD con 38.5 %, frente a una Morena que ya no luce invencible.

La otra proyección, elaborada bajo un esquema distinto de intención de voto por partido, ofrece un panorama menos favorable para la oposición en algunos estados. Chihuahua aparece con Morena arriba (51 % contra 28 % del PAN), Sonora con 52 %, Baja California con 48 % y Michoacán con 47 %. Sin embargo, también confirma que existen entidades donde la distancia comienza a reducirse, como Querétaro, Aguascalientes o Nuevo León, donde los márgenes son suficientemente estrechos para que una campaña exitosa cambie el resultado.

Las diferencias entre ambas mediciones no necesariamente significan que una esté equivocada. Más bien reflejan una realidad frecuente en política: las encuestas miden escenarios distintos. Algunas preguntan por partidos; otras, por alianzas; algunas consideran posibles candidatos; otras únicamente marcas políticas. El mensaje relevante no es el porcentaje exacto, sino la tendencia.

Y la tendencia apunta hacia una mayor competencia.

Otro elemento modifica por completo la ecuación: la inteligencia artificial.

En 2027, los algoritmos serán parte central de cualquier estrategia electoral. Ya no bastará recorrer municipios o llenar plazas públicas. Los equipos de campaña utilizarán modelos predictivos capaces de identificar segmentos específicos del electorado, detectar emociones predominantes, medir conversaciones en tiempo real y ajustar mensajes prácticamente al instante.

La IA permitirá conocer qué preocupa a una colonia, qué tema mueve a determinado grupo de edad o cuál es el discurso que genera mayor aceptación. La campaña dejará de ser uniforme para convertirse en miles de campañas personalizadas.

Eso representa una enorme ventaja para quien mejor utilice la tecnología, pero también un riesgo considerable. La proliferación de videos falsos, audios manipulados y campañas automatizadas obligará a los ciudadanos a desarrollar un mayor sentido crítico. La batalla ya no será únicamente por el voto, sino también por la credibilidad.

En este contexto, la oposición enfrenta un reto complejo. No basta con esperar el desgaste natural del partido gobernante. Necesita construir liderazgos confiables, presentar propuestas claras y evitar la fragmentación que históricamente le ha costado numerosas elecciones.

Morena, por su parte, conserva una estructura territorial sólida, altos niveles de reconocimiento y una base electoral importante. Sin embargo, gobernar también implica asumir los costos del ejercicio del poder. Seguridad, economía, servicios públicos y desempeño de los gobiernos estatales serán factores que inevitablemente influirán en el comportamiento del electorado.

La elección de 2027 podría convertirse en un referéndum sobre los gobiernos locales tanto como sobre el proyecto nacional.

No sería extraño observar alternancias en algunos estados mientras otros permanecen bajo el mismo signo político. México ha demostrado una y otra vez que los votantes distinguen entre elecciones federales y locales.

Por eso resulta prematuro hablar de una derrota generalizada para Morena o de un regreso definitivo de la oposición. Lo que sí parece claro es que el monopolio político comienza a erosionarse y que varias gubernaturas podrían definirse por márgenes muy reducidos.

Si las alianzas logran mantenerse unidas, si presentan perfiles competitivos y si aprovechan con inteligencia las nuevas herramientas tecnológicas, podrían recuperar territorios que hace pocos años parecían inalcanzables.

Quizá 2027 no represente todavía el retorno nacional del PRI ni de la oposición tradicional. Pero sí podría convertirse en el primer capítulo de una nueva etapa política, donde la competencia vuelva a ser la regla y no la excepción.

Porque la democracia se fortalece cuando existen alternativas reales.

Y porque, como suele recordar la vieja escuela de la política mexicana: «En política nadie está muerto.»